“La lectura es un acto político que no sólo tiene que ver con el texto escrito”
Señala doctora colombiana Diana Guzmán sobre los planes estatales de difusión de la lectura en América Latina.

“Editar como acción política: activismo gráfico en América Latina” fue la conferencia que dictó en el Instituto de Historia y Ciencias Sociales de la UV la doctora Diana Guzmán Méndez, de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano. La actividad formó parte del proyecto Fondecyt Iniciación 11160361, de la doctora Claudia Montero.

Diversas fueron las reflexiones que la doctora Guzmán realizó en torno a la lectura, desmitificando varios conceptos, especialmente relacionados con la construcción de bibliotecas y refiriéndose a la importancia de las lecturas de imagen, de música, de cine, de grafitis o murales populares.

Para la experta, lo primero es pensar que la lectura “es un acto político, o sea, nos construye como sujetos. Cuando se habla de promoción de la lectura, solamente estamos ocupados de que los jóvenes lean, llenen cifras del gobierno o de quien sea. Pero yo considero que más allá de eso, la lectura nos hace seres participativos, nos hace seres capaces de opinar y de establecer relaciones críticas y reflexivas con la sociedad. Entonces, cuando pienso en el activismo gráfico, también pienso en otro tipo de lecturas que no necesariamente tienen que ver con el texto escrito, sino también con lecturas de la imagen, con lecturas de la música, con lecturas del cine, con lecturas de la escritura expuesta, o de los grafitis o de los murales populares o públicos; en ese sentido, la lectura empieza a desvincularse de la idea escolarizada del conocimiento y se convierte en un acto social y, sobre todo, socialmente relevante”.

Políticas públicas

Respecto de la importancia y la orientación de las políticas públicas en relación a la lectura, Diana Guzmán se refiere a los casos de Colombia y Chile, “que van muy de la mano, porque nosotros tenemos en Colombia el Cerlalc, que es el Centro para la Promoción de la Lectura y el Libro en América Latina, cuya directora es Marianne Ponsford, que además es hija de chileno y tiene una relación muy grande con Chile. Nuestros países tienen algo en común y es que los estados siempre se han presentado como preocupados por subir las cifras de lectura. En Colombia tenemos la tercera red más grande de América Latina de bibliotecas públicas, que puede sonar muy importante, pero en realidad la biblioteca no garantiza el acceso. O sea, que exista el edificio y que existan los libros, no significa que el acceso se lleve a cabo realmente”.

Añade: “Incluso Chile y Colombia hicieron un acuerdo para dotar las bibliotecas de las zonas veredales de los reinsertados de las FARC; Chile surtió la biblioteca, pero hubo un desconocimiento de los lectores que iban a usar las bibliotecas, cuáles eran sus necesidades o sus intereses, o de dónde venían”.

El concepto que aparece entonces es la lectura crítica: “Que haya edificios e incluso que haya dotación de libros, no significa que haya lectura: hay mucha preocupación por la llamada lectura crítica. Yo siempre critico mucho esa posición, y digo que la lectura crítica tiene que estar antecedida por una lectura reflexiva y contextualizada. De repente los profesores dan a los estudiantes un texto de filosofía y hacen una prueba parcial: todos los estudiantes lo leen, las preguntas son muy abiertas, pero no saben ni siquiera dónde está inserto o para qué sirve”.

¿Leer hace buenos seres humanos?

El problema, explica Diana Guzmán, “deviene de una noción bastante esencialista de la lectura: consideramos que leer por sí mismo nos hace buenos seres humanos y eso no es verdad. De hecho, la Alemania nazi, cuando llegó Hitler al poder, era uno de los países más letrados del mundo, era una sociedad educada. Entonces, leer no nos hace de por sí buenos seres humanos; tiene que haber un proceso mucho más extenso alrededor de la lectura”.

Volviendo al caso de Colombia, dice, “yo he tenido la oportunidad de estar cercana a la formulación de políticas públicas de lectura y son políticas generales. Yo siempre he peleado que una cosa es un chico que está en el campo y que tiene una noción de lo escrito, de lo impreso distinta a la que puede tener un chico que está en la ciudad, y que no significa que una sea mejor que la otra: son distintas. Entonces, el Estado colombiano hace una ley de bibliotecas en el año ‘98, que es interesante, nos benefició en muchas cosas, pero también no hubo una diferenciación de uso del impreso y, por otra parte, —que también es bastante triste— tampoco del lector”.

El problema entonces fue que “no hubo una noción clara de lo que leía un niño o lo que leía un adolescente o lo que leía un adulto o lo que leía una comunidad determinada. E incluso hubo un cambio de noción, que fue pasar de hablar de lectores a usuarios, que eso es algo que hemos estado estudiando y tratando de poner sobre la mesa, para revisarlo en el momento en que se hagan las mesas distritales de lectura y escritura, que van a ser el próximo año, de hecho”.

Trabajo conjunto y completo

Para lograr, entonces, un sistema de estimulación de la lectura útil y completo, hay que considerar, dice Diana Guzmán, que “el lector es un ser humano multidimensional, o sea, todo tiene que estar acorde a su práctica. Nosotros hicimos un trabajo hace poco con bibliotecas comunitarias, que son las bibliotecas que configuran las propias comunidades sin apoyo estatal, y nos dimos cuenta de que en el modo como están los libros distribuidos en el espacio —incluso en las bibliotecas públicas, que están hechas por arquitectos— hay un desconocimiento del objeto que van a usar: bibliotecas horizontales, verticales, colección abierta, cerrada, con luz, sin luz, etcétera”.

Hay ahí, indica la investigadora, “muchas cosas que aprender; yo estoy tratando de aprender de esas anatomías de las bibliotecas, Brasil nos lleva mucha ventaja, tienen maestrías sobre cómo formular una biblioteca de acuerdo con el lugar en donde está. Hay un ejemplo interesante en El Carmen del Darién, que es una población del chocó colombiano, una parte muy deprimida del país, afro; la biblioteca es muy interesante pero queda lejos de la cabecera municipal, entonces cuando llueve el pueblo se inunda y la gente no puede llegar a la biblioteca, y la biblioteca también se inunda. Es una biblioteca muy linda, pero no está construida de acuerdo a las necesidades que exige la región”.

¿Tema urgente?

Respecto de la urgencia que debieran dar los gobiernos a la difusión de planes de lectura, ¿es un tema prioritario? Afirma Diana Guzmán: “Yo creo que no, creo que hay cosas que resolver en nuestros países primero. De hecho, yo hice una crítica bastante fuerte a la inversión que se hizo en la instalación de bibliotecas de zona veredal; esas bibliotecas se compraron en Francia, son unas bibliotecas que son cajones y se abren, se desarman, son increíbles. Pero fue una inversión de más de un millón de dólares, en un país que no tiene una red hospitalaria, inconveniente e inconsecuente con las necesidades del país”.

Asimismo, afirma, “pienso que además no es necesario hacer tantos edificios: es garantizar la circulación del libro. En Colombia hicieron una gran inversión en tablets que llegaron a la Guajira, que es la zona norte del país, estuvo el ministro de TIC’s, de Tecnología, muy orgulloso, y de repente los chicos le dicen ‘profe, pues muy bonito y todo, pero es que aquí no tenemos red de internet, entonces para qué usamos la tablet’: primero hay que organizar el escenario para que el ejercicio de la lectura circule de forma mucho más eficaz”.

Más allá del libro

Otro elemento importante, a juicio de Diana Guzmán, “es dejar de pensar que la lectura solamente está en el libro, y empezar a valorar, por ejemplo, el acercamiento oral de ciertas comunidades, no solamente rurales o indígenas o afro, sino también urbanas. Por eso considero que la multiplicación de editoriales independientes, comunitarias o cartoneras —como se llaman en Argentina, en Colombia también— puede ser mucho más poderosa que la construcción de mil bibliotecas con dos mil libros que los niños ni siquiera van a poder leer”.

Lo anterior debido a que se amplía la red de distribución, a lo que se suma “otra cosa que me parece importante, y es el imaginario que tienen los usuarios del impreso. Hay comunidades en donde el impreso simplemente no existe como objeto cotidiano. Los wayú, por ejemplo, lo estábamos viendo en la última encuesta de ruralidad en Colombia: nosotros somos uno de los pocos países que todavía tienen analfabetismo, catorce por ciento de la población rural es analfabeta total; esas personas analfabetas —que la palabra es muy odiosa— están en la zona de La Guajira, y son analfabetas para nosotros porque no usan el alfabeto que nosotros conocemos, pero ellos tienen otros modos de conocimiento que indudablemente, en un proceso de educación y de promoción de lectura, el Estado debe valorar y debe contemplar. Y eso todavía no se ha hecho”.

Los métodos y los números

Para Diana Guzmán, hay que reconocer los esfuerzos de los Estados. “Colombia ha hecho mucho esfuerzo, tampoco podemos decir que otros gobiernos no lo han hecho. Se hizo hace poco la primera encuesta de lectura, en Colombia no se había hecho una encuesta de sólo lectura, y se llegó a la conclusión de que el colombiano lee 2.3 libros al año, que en apariencia es mucho, pero cuando uno va a ver qué están ellos evaluando entra el Twitter, entra el Whatsapp, los correos electrónicos... Bueno, eso también es lectura, pero si el afán es llenar las encuestas, pues vamos a perder lo que realmente necesitamos alrededor de los procesos de lectura”.

Un problema en estos procesos de lectura está en la enseñanza: “En el caso colombiano, nosotros todavía tenemos el método pestalozziano, que llega en el siglo 19, todavía estamos aprendiendo a leer y escribir con el método silábico. Ya hay algunos colegios que han ido cambiando, pero la educación pública no: todavía le enseñan al niño ‘eme con a suena ma, eme con i suena mi’ y desde ahí ya no para la adquisición de la herramienta para la práctica lectora”.

Asimismo, destaca, “tenemos por ejemplo personas que saben leer pero que no saben escribir, que es un caso interesante que está estudiándose: gente mayor que aprendió a leer pero no a escribir. También hay mucho afán de promocionar la lectura digital y el libro digital, y siempre les digo a los compañeros que están trabajando en ello, que no podemos hablar todavía de eso: tenemos problemas más básicos, anteriores, y solamente en el método con que nos enseñan a leer y escribir, ahí tenemos que revisar”.

Publicado martes 1 de octubre de 2019
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