Donación de órganos en Chile: Escasa debido a la poca aceptación de la muerte
Abogado Aldo Topasio y neurólogo Juan Eurolo coinciden en que el sistema en Chile no está mal formulado. Si la donación es baja es por la falta de una visión clara sobre qué es la muerte y cuándo se produce.

¿Estamos dispuestos a donar los órganos de un hijo? ¿Y a qué estamos dispuestos para salvar la vida de ese hijo? Son las dos caras de la donación de órganos: alguien que está a las puertas de la muerte necesita de la ayuda del que acaba de morir. Como esa ayuda requiere de una decisión, no siempre se produce. El neurólogo Juan Eurolo Montecinos y el abogado Aldo Topasio Ferretti analizan cómo se toma esa decisión en Chile, cuál es su marco legal y cómo funciona el sistema de trasplantes en este país.

Algunos antecedentes: en España, uno de los países que registran la más alta tasa de donación, hay 33,8 donantes por millón de habitantes. La Unión Europea presenta un índice de 18,8 donantes por millón de habitantes. En Chile, la tasa del año pasado fue de 7 donantes por millón de habitantes; esto es, sólo 116 donantes. La cifra es escasa si la comparamos incluso con el país más bajo de la Unión Europea, Suiza, que registra 11,8 donantes por millón de habitantes.

Un ejemplo más cercano es el de Colombia, que marca 23 donantes por millón de habitantes, registro considerado bajo y que está siendo enfrentado por el gobierno con una campaña masiva, orientada a que las personas se registren como donantes.

Debido a recientes casos de niños chilenos que han requerido de trasplantes en forma dramáticamente urgente, el tema ha salido al tapete, y se ha reiterado por todos los medios que en nuestro país los donantes son escasos. Los números así lo comprueban. Un ejemplo: el año pasado, de 113 donantes potenciales, sólo 72 lo fueron de hecho. ¿La causa?: la familia se ha negado a la donación.

Poca aceptación de la muerte

Para Juan Eurolo, neurólogo, jefe de la cátedra de Neurología en la Universidad de Valparaíso y médico del hospital Carlos van Buren, la causa de esta respuesta negativa está en la poca aceptación que nuestra cultura tiene de la muerte:

“La gente le tiene miedo a dos cosas con respecto a la muerte: una es al dolor que se puede producir, y en segundo lugar, a lo que pasa después de morir. ¿Se acaba la conciencia junto con el cerebro? Mientras más cultura tiene la persona, más tranquila se queda respecto de este tema, porque tiene claro que la conciencia está en el cerebro, de modo que sin cerebro no hay nada que hacer”.

Para el abogado Aldo Topasio, académico de la Escuela de Derecho de la UV, profesor entre otras asignaturas de Historia del Derecho, el tema de la muerte “es el punto clave”. Señala:

“Al equipo de médicos que va a certificar la muerte, dentro de los cuales la ley exige un neurólogo o un neurocirujano, le tiene que constar lo siguiente: que la persona no tenga ningún movimiento voluntario; que si ha estado con ventilación mecánica, una vez desconectada del ventilador no tenga respiración después de los tres minutos de desconexión, y ausencia de reflejos troncoencefálicos. Una vez que se tiene certeza total de todos estos elementos concurrentes, ya se puede certificar la muerte. Ahora, pienso que ése es el punto que puede dificultar a las personas tomar la decisión de donar o no donar, porque allí se entrelazan elementos muy válidos, probablemente de origen religioso, y la persona puede tener dudas de si la certificación es exacta. Es decir, con todo el cientifismo que puede tener el equipo médico, con toda su calidad científica, aun así la persona puede tener reservas, ya que se enfrenta a un problema que es permanente en el ser humano, que es la existencia, el problema de la disposición del propio cuerpo. Puede resultar difícil”.

Para el abogado, es posible que en Chile las donaciones sean escasas por la falta de posibles donantes. Dice Topasio: “Con todo, creo que estadísticamente se dan poco estas situaciones, creo que el problema está en que para estos efectos la gente se muere menos. Hay que pensar que se trata de personas sanas, generalmente jóvenes. Esto va reduciendo la posibilidad”.

Al respecto, Juan Eurolo acota que, de todas formas, aunque las estadísticas de muerte cerebral no sean altas, “se pierde mucho órgano. Los hospitales pierden donantes efectivos. Desde el mismo procurador, que es un médico que trabaja gratis, el sistema es débil. Seguramente habría que contratar personas especialmente formadas. El llamado es a profesionalizar la donación de órganos y a cultivar a la población, elevar el nivel cultural respecto a la muerte y a la donación”.

El proceso de morir

El origen de la negativa de los familiares a donar órganos se basa, generalmente, en la esperanza de que el paciente con muerte cerebral pudiera revivir. Para Juan Eurolo esto se debe a que no conocemos la muerte:

“La gente no sabe que la muerte no es un acto, no es un momento: es un proceso. Nadie muere de un viaje, aunque le hayan cortado la cabeza en una guillotina. El cerebro, sin sangre, no se demora más de tres minutos en morir, y ya desde el primer segundo está en coma. Muriendo el cerebro, la persona está muerta. Ahora, el resto es nada más lo que tiene que venir: hasta quince días después de morir, siguen creciendo las uñas y el pelo, y los músculos incluso podrían revivir. Es complejo, y es un proceso”.

El avance de la medicina es lo que ha permitido que, una vez muerto el cerebro, el resto del cuerpo no siga ese proceso a la velocidad de la naturaleza. De esta manera, los órganos no se malogran y se pueden trasplantar. “Por eso que antes de las UCI nunca hubo trasplantes, porque moría el cerebro y hasta ahí llegaba todo”, señala Eurolo, agregando que, por esto, “la única posibilidad de que una persona sea donante es que esté en una unidad de cuidados intensivos, manteniendo con vida órganos que no sean el cerebro, y con la seguridad absoluta, médicamente hablando, técnicamente hablando, objetivamente hablando, de que el cerebro está muerto”.

El marco legal

La Ley 19.451 y su correspondiente reglamento establecen para Chile la situación de los trasplantes. Explica el abogado Aldo Topasio:

“La ley, de 1996, del gobierno de Frei Ruiz Tagle, establece que la donación es totalmente voluntaria, y que la intención de ser donante debe estar consignada. Se requiere que la persona exprese voluntad, y para eso la ley establece dónde lo puede hacer. Están habilitados el Registro Civil, para el momento de hacerse la renovación de la cédula de identidad; el Departamento del Tránsito de las municipalidades, para cuando se renueva la licencia de conducir, y la persona puede ir a la notaría, y allí dar testimonio. La ley exige plena capacidad para tomar la decisión. Con esto basta cuando se trata de una donación en vida; ahora, si la persona está fallecida, viene la consulta a los parientes consanguíneos; puede ser en línea recta, padres, abuelos o cónyuges, o en la línea colateral, hermanos, sobrinos, hasta tercera línea”.

Sobre la definición del donante, la ley es clara. Explica Juan Eurolo: “En el reglamento de la ley dice que hay muerte cerebral cuando el cerebro no da muestras de estar con vida, porque hay un coma absoluto, no hay respuesta a ningún estímulo y además el tronco cerebral está muerto, con lo cual no hay reflejo de las pupilas, no hay reflejo de la respiración, pero se mantiene la función de los órganos mediante aparatos, fundamentalmente ventilación mecánica”. Destaca el neurólogo que el hecho de que el corazón lata no es señal de que el paciente esté vivo: “Mientras haya oxígeno, el corazón sigue latiendo. Pero la persona es el cerebro, no el corazón. Esto es tan antiguo como Aristóteles: es en el cerebro y no en el corazón donde radican la inteligencia y la conciencia”.

La ley no deja lugar a dudas sobre la muerte cerebral, de modo que quienes se enfrentan a esta situación no debieran tener motivos para dudar: “Pienso que esta ley está muy bien redactada —señala el abogado Topasio—, no deja lugar a interpretaciones dudosas, se nota que los redactores tomaron conciencia de que era un tema muy delicado”, y agrega: “Según la ley, para ser donante la persona tiene que estar en estado de muerte. La misma ley —e indudablemente que el legislador regula sobre informes científicos— establece que un equipo de médicos tiene que ser quien dé esta información. La ley también distinguió al equipo de médicos que certifica la muerte de los que van a actuar luego como equipo de trasplante. Tienen que ser totalmente distintos, ni uno solo puede intervenir en la declaración de muerte y el trasplante. A mí me parece que la ley está bastante bien desarrollada, tiene principios claros”.

En esto coincide el doctor Eurolo, opinando al mismo tiempo que la ley presenta debilidades en otra de sus partes: “Tiene algunos defectos en lo que se refiere a la procura: todo es de aficionado. Aquí corre el carabinero en la motito, el avión lo pone la Fuerza Aérea, los doctores se levantan a las dos de la mañana. Todavía es muy artesanal todo”.

Cultura y respeto

La ley tiene otra ventaja, que destaca el abogado Topasio: es respetuosa de los derechos de las personas. Ante la consulta de hacer obligatoria la donación por medio de la ley, el académico es enfático:

“No, yo creo que no. Es decir, realmente ahí entraríamos en un tema donde concurren muchos principios: el principio de libertad, e incluso el mismo principio democrático. Ahí entramos a presionar ilícitamente a la comunidad. No se puede presionar por el lado espiritual, por el lado religioso, por el lado existencial; hay que tener el máximo de respeto por las personas, y de ahí que por esa vía no se podría hacer. Quizá podría estimularse la donación sin presión de ninguna especie, tomando en consideración nuevas visiones, que podrían manifestarse dentro de la libertad que hay; digamos, por la vía de la solidaridad, por medio de una campaña educativa condicionada a una necesidad de objetividad, sin inclinarse”.

Juan Eurolo insiste en la vía de la cultura: “Lo más importante es la falta de cultura de la muerte, de saber cuándo considerar muerta a una persona. Nadie enseña que si está latiendo el corazón, si la persona está con un respirador, esa persona ya nunca más va a vivir si murió el cerebro. No hay milagro posible. Por eso es que la historia y los exámenes tienen que ser categóricos”.

En este sentido, destaca el neurólogo que “cuando el examen neurológico tiene signos inequívocos de muerte cerebral —que son pruebas de los reflejos del tronco cerebral, reflejos de apnea, y no hay reflejos de ningún tipo—, esa persona está muerta. La ley es muy clara de todas maneras, exige tres requisitos: primero, que la historia de cómo llegó a ese estado sea clara; segundo, que el examen clínico, el examen neurológico, esté clarísimamente sin respuesta, y tercero, si cabe, algún examen que demuestre que esto es así”.

No hay lugar a confusión

La muerte cerebral, de acuerdo al criterio médico y a la legalidad vigente, es clara e indudable. No se puede confundir con otros estados, ni tampoco da lugar a milagros:

“Para un neurólogo entrenado es fácil distinguirla —explica Juan Eurolo—. Por ejemplo, no es lo mismo que un estado vegetativo, situación en la que no ha muerto completamente el cerebro. Es decir, una persona en estado vegetativo todavía abre los ojos, todavía es capaz de tener reflejos, todavía es capaz de tener ciertas funciones básicas encefálicas; hay una vida todavía. Otra cosa es el coma: en este caso hay actividad cerebral, un simple electroencefalograma lo demuestra. Hay otros estados, el mutismo aquinético, el coma vigil y una serie de situaciones que son todas diferenciables. La muerte cerebral tiene signos neurológicos inequívocos, y debe ser confirmada por el neurólogo o especialistas afines. Y, como dice la ley, no puede ser un médico del equipo de trasplante: tiene que ser un médico independiente y especialista en funciones cerebrales”.

Futuro sin donaciones

El abogado Aldo Topasio y el doctor Juan Eurolo coinciden en otro punto: en un futuro no muy lejano, todo el problema de las donaciones estará en el pasado. La investigación sobre las células madre, la posibilidad de la clonación y el desarrollo de órganos con la misma clave genética del receptor, serán una realidad. Lo mismo el desarrollo de la tecnología, que permitirá la fabricación de órganos artificiales de alta eficiencia.

Sin embargo, la realidad actual es que se necesitan órganos para los cientos de personas, muchas de ellas niños, que están en listas de espera por riñones, hígado, corazón, pulmones, córneas. Un solo donante puede ayudar a varios de ellos. Explica Juan Eurolo:

“A partir de un joven que done todos sus órganos, se pueden usar las dos córneas (una para cada paciente), los dos riñones (uno para cada paciente, no se trasplantan los dos), un corazón, un hígado y los pulmones. Después vienen cosas más misceláneas, a veces hay trasplante de médula ósea, de tiroides, cosas muy poco frecuentes. La donación puede salvar muchas vidas”.

Publicado domingo 26 de julio de 2009
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