Raúl Ruiz en la Universidad de Valparaíso, marzo de 2011
En marzo, el realizador fue nombrado Doctor Honoris Causa por la institución. En la oportunidad, también conversó con los medios de prensa en las que fueron sus últimas actividades públicas en el país.

Profundo pesar causó en la comunidad de la Universidad de Valparaíso la muerte del cineasta chileno Raúl Ruiz, quien se incorporara al claustro académico de la institución en marzo pasado, al recibir el Doctorado Honoris Causa otorgado por la casa de estudios, único reconocimiento de este tipo que el realizador recibiera en Chile.

El artista dejó de existir en París a los setenta años, víctima de una infección pulmonar. Reconocido como el cineasta chileno más importante de la historia por la calidad de su prolífica obra, será sepultado en Chile, mientras en Francia se realizará una ceremonia fúnebre el próximo martes 23, en la Iglesia Saint-Paul.

El rector de la UV, Aldo Valle, lamentó la partida de Ruiz y expresó sus condolencias a su familia a nombre de la comunidad universitaria, destacando las cualidades no sólo artísticas, sino también humanas del cineasta. “Tuve el honor de compartir con el profesor Ruiz en la ceremonia en que la Universidad le otorgó el grado de Doctor Honoris Causa. Allí, junto con académicos, alumnos y funcionarios, pudimos conocer de cerca a este hombre en su dimensión de creador, pero también de humanista e intelectual”, dijo.

En aquella ceremonia, el rector indicó que se trataba de un reconocimiento entregado “no sólo por la Universidad de Valparaíso, sino por la ciudad, por el Valparaíso de Aldo Francia, del Gitano Rodríguez, de los jóvenes”. Esto es un modo de decir, expresó, “que lo echamos de menos, que requerimos de su imaginación”. Dijo además que con este nombramiento la UV “reafirma su vocación de institución republicana, al servicio de la libertad de pensar, de imaginar realidades alternativas, sin censura”.

El director de la carrera de Cine de la UV, Sergio Navarro, fue el encargado de presentar a Raúl Ruiz, destacando los méritos que lo hicieron merecedor del nombramiento de Doctor Honoris Causa. En esa ocasión, afirmó que “todo lo que el cine chileno se propuso hacer pasa por Ruiz”. Subrayo que en su obra “la ética está antes que la estética”, a la vez que enfatizó que su obra es de culto, aunque no está presente en los circuitos comerciales.

Palabras de Raúl Ruiz

Al agradecer la distinción, Raúl Ruiz prefirió no leer el texto que llevaba preparado, e improvisó sobre algunos apuntes acerca de lo que es la universidad y el mundo universitario, los que dijo llevar porque piensa que podría ser material útil para una película. “He sido muy poco alumno —dijo— y muy, demasiado profesor”, y añadió que las universidades, donde existe libertad de pensamiento y reconocimiento a las ideas, son mucho más caóticas de lo que podría pensarse. Valoró además que son lugares donde se aprende pero también se inventa, lo que es altamente valioso.

Ruiz se refirió también a la diferencia entre el saber y la cultura, enfatizando que “la cultura es la capacidad de aplicar esquemas móviles, diferentes, a un mismo problema. Cultura es tener una visión múltiple de un problema, en tanto el saber es más bien unidireccional”.

Ruiz se refirió también a la importancia de compartir el conocimiento y la cultura, de propagar, y dijo que a su juicio no puede calificarse a las universidades como buenas o malas, ya que no es posible saber qué las hace tales, misma situación que se da con las películas.

Encuentro con la prensa

Antes de la ceremonia, Raúl Ruiz se dio tiempo para conversar con la prensa, respondiendo todas las preguntas con gran disposición y con una buena dosis de humor. Reproducimos el texto completo de esa conversación con los periodistas, una de las últimas en las que participó en Chile.

Consultado respecto de si todavía opina que los chilenos somos un país de llorones, como dijo el 2005 en una entrevista:

“Una de las grandes ventajas de países como los nuestros es que cambian mucho, lo que no es garantía de que no vuelvan a cambiar. Es evidente que Chile es un país muy risueño, tal vez demasiado; muy optimista, tal vez demasiado, y en disposición absoluta de ponerse a llorar en cualquier momento. Esto ya no lo digo como una crítica, sino que me parece casi una capacidad de adaptación muy saludable, sobre todo en un país con tanto terremoto. Recuerden ustedes que para el terremoto de Chillán se construían canciones para reírse del terremoto, para reírse de la desgracia; o sea, una catástrofe no significa un pretexto para llorar, puede ser también un pretexto para reír. Chile es lo que es. Yo siendo chileno no sé mucho lo que es Chile. De repente salgo con exabruptos, pero eso también es muy chileno. Así que ni retiro ni afirmo lo que dije”.

A propósito de que una universidad regional sea la primera casa de estudios chilena que lo nombra Doctor Honoris Causa:

“A Chile qué más le voy a pedir, si soy Premio Nacional, tengo todo tipo de medallas, ya me da vergüenza un poco. Además, Doctor Honoris Causa, yo que tenía tantas dificultades para sacar un diploma, que mis padres me decían ‘un cartoncito por lo menos, chiquitito, por chico que sea, y yo no podía sacar ninguno, ni siquiera de cine. Entonces de repente, que me lleguen al final, me tranquiliza el espíritu. Pero lo que sí es un hecho, insisto, es que en Chile me han dado tantos honores que a mí me da por decir que ya me basta. Pero no les voy a pedir además que vean mis películas, porque eso sería ya una crueldad innecesaria”.

Respecto de si le gusta filmar en Chile:

“Si me dieron el Premio Nacional, es lo mínimo agradecer. Más encima ahora voy a ser Doctor Honoris Causa. Eso me obliga un poco a retribuir de alguna manera los honores. Que me guste, me guste… digamos que sí. Me gusta trabajar con gente que hable el idioma castellano con el mismo acento que yo, así no tengo que andar cambiando de idioma todo el tiempo. Sí, esa parte me gusta. (…) Lo que me gusta en Chile es esa manera tan especial de hablar que muchos chilenos tienen todavía. Y que muchos creen que viene de la dictadura, pero yo sé que antes también era así: los chilenos a veces son capaces de hablar sin usar ni verbo ni sujeto, o usan el verbo y el sujeto desplazado, lo que hace que hablen horas y no se sabe de qué”.

Los medios de comunicación

Varias de las preguntas formuladas al cineasta tuvieron que ver con su opinión acerca de los medios de comunicación en Chile:

“Ahora leo religiosamente, es el caso decirlo, El Mercurio y La Tercera, además por supuesto de otro medio, El Siglo, porque es un diario al que le debo mucho: fue el único diario que promovió mi matrimonio en las páginas sociales. Veo también la televisión. Y veo que los medios se están moviendo demasiado hacia un dicho que da mucho miedo: ‘está pasando, lo estás viendo’, que es el slogan de CNN. ¿Qué quiere decir eso? ¿Qué lo que no estás viendo no está pasando? Qué pasa si uno dice: ‘no lo estás viendo, no está pasando’ o ‘no está pasando pero lo estás viendo’, lo que me temo que sea a menudo el caso, cuando se trata de inflar hechos mínimos y minimizar hechos gigantescos. Yo miro eso con bastante humor, porque es divertido”.

Añadió: “O sea, ver por ejemplo la Televisión Nacional en las mañanas es… Bueno, como da risa es bueno para la salud. Ver que la gran noticia es que un perrito le comió la oreja a un conejo en la población La Granja, y eso veinte minutos, con declaraciones del médico que dice que le va a poner la oreja de nuevo, la dueña, qué sé yo. O algunos problemas de redacción, que son particularmente poéticos, como por ejemplo había un accidente en que había muerto un hombre, su mujer y una guagua de dos meses, que estaba redactado de tal manera que se deducía que quien conducía era la guagua de dos meses. O qué sé yo, un perro que murió debido a una anestesia mal dada, y que de repente aparece una entrevista en que habla una señora y abajo dice ‘hermana de la víctima’; o sea, es una perra. Ese tipo de juegos, que es la parte buena creo yo del periodismo chileno, está oculto por el movimiento de campañas, que es la parte cínica. Como el manejo de la guerra de Libia, que no es nada más que un proceso de manipulación de las redes sociales para facilitar movimientos que lleven al control del petróleo. Digamos que yo me muevo entre uno y otro; no sé para qué me va a servir, no pienso hacer películas sobre eso, pero en Chile es muy fascinante. No dijo que no pase en otras partes; en Francia pasa de una manera un poco más sutil y un poco más cínica también. En Chile, como es más en bruto, se nota más la fisura, los terremotos, los derrumbes en la información. (…) A mí me parece simpático que se dejen veinte minutos a un conejo que perdió una oreja peleando con un gato, pero es raro que se muestra eso y detrás, en treinta segundos, se nos informa que Corea del Norte y Corea del Sur están al borde de la guerra”.

Qué le parece la nueva generación de cineastas chilenos, que es individualista, no como antes, cuando tenían una mirada país:

“Yo creo que no les falta nada. Yo no conozco bien el nuevo cine, pero he visto una buena muestra de películas últimamente y empiezo a ver tendencias. Hay un grupo, Jiménez, Fernández, de los cineastas interesados y fascinados por el cine oriental, por el cine chino, y que dan efectivamente una nueva manera de mirar la realidad chilena. Que yo no encuentro que sea una condición sine qua non; si lo considerara tendría que condenarme yo mismo al suicidio, porque constantemente hablo de cosas que no se sabe mucho qué es, ni yo mismo lo sé. Hay gente que es como encerrada en sí misma, pero que hace cosas que a mí me gustan mucho. Por ejemplo, Matías Bice, que hace unas películas que pasan en espacios cerrados y tienen una fuerza poética, una cosa adolescente —bueno, en Chile la gente es adolescente hasta los 40 años—, está lleno de dudas, es muy frágil, y eso es emocionante. (…) Yo no sería pesimista por lo que se está haciendo. Si hay algo que reprochar, y que me lo reprocho yo mismo y habría que reprochárselo a todos los chilenos, que somos por naturaleza tristes, y ahí no hay nada que hacer. En ‘La tristeza del chileno’, Franklin Quevedo traza la historia de Chile a través de sus poetas, desde Pedro de Oña, en el siglo XVI, hasta nuestros días, y hay una continuidad de un doble sentimiento de tristeza. Entre mis perversiones múltiples, tengo la de leer teología, y hay un teólogo que es muy divertido, Cazanio, que haciendo los comentarios de los ocho pecados capitales —el octavo es la tristeza—, la tristeza es el que todos los chilenos sin excepción practicamos. Él dice que la tristeza mala es la envidiosa: qué estoy haciendo en la Universidad de Valparaíso pudiendo estar en Harvard, qué estoy haciendo en Chile pudiendo estar en otra parte. Hay otro tipo de tristeza que dice ‘estamos vivos, nacimos acá, seguiremos acá, nos vamos a morir, es una lástima’, pero no más. Esa tristeza es una virtud. Bueno, el cine chileno tiene esa particularidad: es triste. Hasta en las películas más divertidas, llega un momento en que empieza a aparecer una especie de fondo de melancolía, que para ocultar a veces los cineastas lo cubren con chistes, o lo cubren con crítica social”.

Publicado viernes 19 de agosto de 2011
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