“¿Tenemos que tener la actitud de pariente pobre y conformarnos con que nos den sólo algunos Fondecyt?”
Se pregunta Andrés Bobenrieth, académico del Instituto de Filosofía UV, al referirse a la inclusión de las humanidades, artes y ciencias sociales en un posible Ministerio de Ciencia y Tecnología.

Académicos e investigadores de las humanidades, artes y ciencias sociales, tanto de Santiago como de regiones, se han estado reuniendo con el fin de presentar a la autoridad una petición: que estas áreas del saber sean consideradas cuando se cree el anunciado Ministerio de Ciencia y Tecnología. Esto debido a que la actual institucionalidad, la Comisión Nacional de Investigación Científica y Tecnológica, Conicyt, que abre anualmente los llamados al Fondo Nacional de Desarrollo Científico y Tecnológico, Fondecyt, presenta a su juicio muchas falencias, e incluso resultados contraproducentes.

Andrés Bobenrieth —académico e investigador del Instituto de Filosofía de la Universidad de Valparaíso y doctor en Filosofía por la University of Leeds, Reino Unido— analiza el tema en detalle y recoge algunos de los planteamientos que ha escuchado de esos investigadores tanto en Santiago como en Valparaíso. Parte por afirmar que “los famosos proyectos Fondecyt han marcado de alguna forma muy determinante la investigación desde 1981”.

Explica que “esos fondos funcionan con criterios globales para todas las disciplinas, y generalmente están manejados por personas que son propias de lo que se llama las ‘ciencias duras’: los biólogos, los físicos, los matemáticos, etcétera. Se establecen parámetros generales, y esos parámetros generales se aplican a las distintas disciplinas. Lo que se ha venido diciendo desde el inicio de Fondecyt es que eso no corresponde a lo que puede suceder en las humanidades, las artes y las ciencias sociales. Por lo menos en Filosofía, se han consolidado ciertas tendencias: concentraciones en ciertas universidades, concentraciones en ciertas personas y concentraciones en un género; por ejemplo, sólo el 17 por ciento tienen como investigador responsable a una mujer, y eso históricamente se ha mantenido así”.

Aunque Bobenrieth destaca que algunas cosas han ido cambiando positivamente, como la creación de los proyectos Fondecyt Regulares de Inicio para personas que hayan obtenido su doctorado recientemente, y la generación por los grupos de estudio de una categorización propia de las publicaciones periódicas, insiste en que “en términos globales, se sigue juzgando con los mismos parámetros disciplinas muy diferentes. Hay un formato general donde —por decirlo así— las humanidades, las artes y las ciencias sociales son el pariente pobre que tiene que acomodarse a una estructura más amplia, que está establecida con parámetros que son para las ciencias, que tienen otros estándares. Hay distintas opiniones sobre esto, pero muchos estiman que el formato en general es poco adecuado y que no atiende a las peculiaridades de estas disciplinas”.

Las publicaciones ISI

Otro elemento complicado, a decir de Andrés Bobenrieth, es la relevancia que dan los Fondecyt a las publicaciones ISI (actual WOS) de los investigadores. El problema, explica, es que las revistas indexadas para ciencias son muy numerosas, mientras que para las humanidades son muy pocas. “Tomemos el caso de filosofía: hasta hace poco sólo había una revista ISI en Chile que publicara algo de filosofía, siendo miscelánea, hasta hace cinco u ocho años sólo había tres revistas ISI en español especializadas en filosofía. Es decir, la inmensa mayoría de las publicaciones que hacemos en las universidades chilenas no son ISI. Ahí viene que todos compiten por aparecer sólo en un grupo muy reducido de revistas, y el que no aparece en esas revistas no obtiene los puntajes adecuados para el Fondecyt”.

Respecto de otros espacios para publicar, explica el académico que “también son espacios para las publicaciones que destacan en ciencia. Se dice que ‘hay algunas’ para las humanidades, pero son pocas, de gran dificultad y en inglés u otras lenguas. ¿Conviene que nosotros hagamos nuestras humanidades, artes y ciencias sociales en otro idioma, para que nos publiquen en una de esas revistas, o eso realmente está desvirtuando el sentido que debe tener la investigación en humanidades, artes y ciencias sociales?”.

Para ilustrar, Andrés Bobenrieth pone como ejemplo a Agustín Squella, Premio Nacional de Humanidades: “Sin duda es uno de los profesores de mayor relevancia académica en nuestra universidad, pero estimo que el profesor Squella no encaja bien dentro de los esquemas de evaluación en boga. La Revista de Ciencias Sociales no es ISI, ¿y eso quiere decir que el trabajo de muchos años de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales vale muy poco? Surge entonces una pregunta muy de fondo: ¿Le ha hecho bien a las humanidades, las ciencias sociales y las artes este sistema de valoración? Muchos creemos que no”.

Diez Premios Nacionales

Por otro lado, Andrés Bobenrieth señala: “Aunque en Filosofía nos va más o menos bien, si nos comparamos con las artes, uno se pregunta qué ha hecho el sistema: lo que ha producido el Fondecyt son muchas publicaciones en revistas especializadas y que tienen una circulación restringida. El sistema no ha potenciado suficientemente nuestras disciplinas en la discusión pública y es una pena, porque se han gastado recursos públicos, y una vez más, como pasa en este país, esos recursos públicos se gastan sin preguntar a los interesados cómo se podría hacer mejor”.

Ante esto, el profesor presenta una propuesta que le sugirió un amigo: “Tomen a los últimos diez Premios Nacionales de Humanidades y Ciencias Sociales, júntenlos en una comisión y que ellos determinen cómo articular un nuevo sistema, y que luego ellos, o un comité semejante, decidan cómo distribuir los recursos año a año. Ellos están capacitados para reflexionar en profundidad el tema, y serían un grupo de distintas visiones políticas, validados por el mismo Estado que los premió. Que los pongan a discutir seriamente, pensando cómo realmente se puede potenciar a estas áreas. De modo que no pase que cuando se piense esta nueva institucionalidad, que va a estar en el Ministerio de Ciencia y Tecnología, se convoque a un grupo de científicos, empresarios, políticos y funcionarios, para los que seguro que van a ser muy importantes la ciencia, las ciencias básicas, la tecnología, las ciencias aplicadas, y quizás después alguien vaya a decir: ‘¿Y qué pasa con las humanidades, las ciencias sociales y las artes?, ¿qué hacemos con esa gente?’ Y, ojo, aquí no basta con que cuando se den cuenta pongan a una persona en el grupo, el punto es mucho más estructural que eso: no es suficiente con esas formas de ‘lavar la conciencia’ a que estamos tan acostumbrados”.

Finalmente, Andrés Bobenrieth indica que el funcionamiento actual de las cosas produce “concentración de poder, de ciertas estructuras, y favorece a ciertas personas, y el sistema de asignación de recursos lo defiende, lo potencia, y además dice que es bueno, porque esos son los ‘estándares internacionales’. Y en un país que se sabe que es muy desigual, también hay una desigualdad que se da de una forma muy particular entre las disciplinas y entre los que están en una misma disciplina: el sistema, por su propia estructura, beneficia a muy pocos. Es extraño, pero esta es otra forma de desigualdad de la cual muy poco se habla en Chile, y que creo que a la larga termina contribuyendo, perpetuando, o por lo menos no perturbando la desigualdad económica tantas veces comentada. Si estamos cambiando el sistema de educación superior, si vamos a crear el Ministerio de Ciencia y Tecnología, este es el momento para revisar toda la estructura, porque este es un sistema que por sí solo no va a madurar, como creen algunos, ni tampoco por si solo va a generar lo que no ha hecho suficientemente en estos 35 años”.

Publicado martes 26 de julio de 2016
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